Un blog sobre la New Age (Nueva Era) y los esoterismos varios que hoy, como una epidemia que afecta al raciocinio y a la lógica, se expanden... Bienvenidos sean usted y Guillermo de Occam.

lunes, 23 de marzo de 2009

Más allá de la Biología no es Biología.

El pasado 12 de Febrero se celebraba en bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, considerado el padre de la teoría de la evolución de las especies. Si bien no fue el primero en enunciarla, ni el único, sus obras (“El origen de las especies”, de 1859, y “El origen del hombre”, de 1871) causaron un enorme impacto. Aunque la acogida de sus tesis fue realmente desigual, han terminado imponiéndose con algunas correcciones.

A modo de resumen, Darwin propuso que las especies, amén de no ser fijas ni estables, han surgido de forma azarosa en la evolución por selección natural de los caracteres de los individuos que han tenido más éxito en la supervivencia y en la reproducción. En un entorno de recursos limitados (idea que tomó de la obra de Malthus), la lucha por la supervivencia es el modo de vida de todos los organismos (comer, no ser comido y tener descendencia). Las estrategias de supervivencia y las mutaciones que han tenido éxito han provocado variaciones en los organismos y en su comportamiento de tal modo que la vida se ha diversificado en multitud de formas que, a lo largo del tiempo, han ido resultando provisionalmente eficaces. Las especies que no han logrado adaptarse a un entorno cambiante han ido desapareciendo y, por el contrario, han ido apareciendo otras. Así se explicaba la existencia de unos fósiles de especies actualmente inexistentes y que traían de cabeza a los biólogos y teólogos del s. XIX.

Los mecanismos que explican la evolución son harto conocidos: lucha por la supervivencia, herencia de los caracteres (para Lamarck se trataba de los caracteres adquiridos por los individuos, para Darwin de mutaciones azarosas), selección sexual y supervivencia de los mejor adaptados (mejor dotados, más afortunados o más oportunistas).

El impacto intelectual y cultural del evolucionismo fue grande. El hombre descendía de especies “inferiores” (desaparece la gradación en la “perfección” de las especies y la idea de progreso evolutivo) y se constituía como un eslabón más en la cadena de la vida. Después de la revolución científica, que “descentró” al hombre en el universo, tocaba el turno a la secularización del mundo natural.

Respecto de la reflexión teológica, el impacto no fue menor. Un mundo natural en evolución y en continua batalla por sobrevivir parecía contradecir la idea de una inteligencia creadora, de un mundo ordenado, jerárquico y estable, y cuestionaba la literalidad de los textos de la narración del Génesis. No era de extrañar que en el fragor de los primeros debates algunos diagnosticaran que el resultado final no podía ser otro que la “muerte de Dios”.

Las reacciones han sido dispares. Los grupos fundamentalistas de origen evangélico, especialmente los provenientes de Estados Unidos, niegan la evolución de las especies apelando a una lectura literal (a veces y según convenga) del relato de la creación. Para los grupos protestantes europeos y los católicos, la evolución de las especies no ofrece especial dificultad en la aceptación de la idea de que Dios es creador, aunque los mecanismos por los cuales las cosas han sido hechas y los seres vivos han venido a ser no coincidan en sentido estricto con unos textos bíblicos que, a la luz de los descubrimientos científicos, han sido leídos ya en otra clave aún más rica que la puramente literal.


En el entorno de la reflexión católica, han sido varios los aspectos que presentaban un verdadero problema para la antropología teológica. Para Pío XII, encíclica Humani Generis, en la idea del origen del hombre por esta vía debía preservarse el monogenismo (todos los hombres descienden de una sola pareja humana) frente al poligenismo (la existencia de seres humanos no procedentes del mismo protoparente por natural generación), pues de no ser así advertía de que podría peligrar la doctrina del pecado original y del estado de justicia primigenia. Actualmente se habla sin demasiados problemas de monofiletismo (descendencia desde una misma estirpe). Juan Pablo II, de hecho, en una catequesis de 1986, afirmaba sin más dificultad que la teoría de la evolución era algo más que una hipótesis y que no ofrecía conflicto alguno con la idea de un Dios creador. Basta con añadir que así parece que ha querido Dios hacer las cosas y ya está. ¿Cuál es el dilema? Ninguno.

¿Qué queda entonces del relato del Génesis? Las investigaciones han conducido a diferentes conclusiones. Primero que hay varias manos en su redacción. Segundo, que no se está prestando especial atención a la validez histórica o científica de lo narrado, sino a su valor teológico. Para ello, se dice, en el relato de la creación se recurre a un estilo poético-alegórico, como lo muestra el recurso estético de la repetición ("y vio Dios que era bueno"; "pasó una tarde, pasó una mañana, día...") y la alusión constante a símbolos cosmológicos (luz, tinieblas, aguas, los números), así como con la metáfora del "descanso" de Dios (¿Dios se cansa?), con un sentido litúrgico y cultual que señala al Sábado como día sagrado, etc. En definitiva, y en lo que coinciden los estdiosos más serios: en el texto bíblico se quiere decir que Dios es autor de lo que hay, no cómo ha sido hecho lo que hay.

La cuestión, no obstante, se vuelve más problemática cuando las reflexiones en torno estas cosas se salen del marco estrictamente biológico pero se pretenden biológicamente fundamentadas. Tratar de obtener conclusiones teológicas o filosóficas desde la biología es algo que se sale de lo meramente biológico para saltar, de forma muchas veces inadvertida, a lo especulativo. Si hay o no hay creador o creación no es un problema biológico ni puede concluirse desde la biología. Por lo mismo, la confusión entre las reflexiones filosóficas y las investigaciones biológicas son una herramienta retórica sutil, o un error, que no puede pasar desapercibido. Aún así, no son pocos los que navegan entre unas y otras sin aclarar cuándo se hace biología y cuando se especula filosóficamente. Hay que estar, pues, muy atentos: la Biología no justifica conclusiones más allá de lo biológico aunque se pueda reflexionar filosóficamente a partir de sus investigaciones (ya no estaríamos haciendo Biología).

Están surgiendo también partidarios de la conocida como teoría del Diseño Inteligente (la evolución de las especies es resultado de la previsión de una inteligencia creadora y esto puede justificarse biológicamente), aunque se enfrentan a dificultades teóricas realmente profundos. Una de ellas la que ya hemos enunciado: desde la Biología se hace Biología.

Pero el darwinismo no se ciñó únicamente a lo biológico. El mundo se ha darwinizado (por usar un neotérmino de Castrodeza). No han faltado doctrinas políticas y culturales que han justificado la desigualdad utilizando los términos de la selección natural (económica) aplicados a la sociedad. Las personas de éxito, generalmente económico o intelectual, lo serían por estar mejor adaptados a un mundo social que repetiría los moldes de la lucha por la supervivencia. Si reconocen en esto al neoliberalismo no van desencaminados. Así se justifica y se legitima sin pudor que unos tengan mucho y otros nada.

De la misma manera ahora todo pretende explicarse según este marco teórico evolucionista, desde la historia de los pueblos hasta la moral (recuérdese el artículo sobre Fundamentos de la moral I) y el arte. Han surgido disciplinas de los más dispares, desde la psicología evolucionista (de la que hablamos ya en el texto sobre neuroteología) hasta la economía o la estética evolucionista. Surgen incluso iniciativas que pretenden igualar a los grandes simios con el hombre en derechos y esencia con el argumento del parentesco evolutivo. En el asunto del hombre y su valor (absoluto e indisponible para los cristianos) está verdaderamente el problema.


En definitiva, la evolución de las especies no se presenta como conflictivo con la fe más que en la consideración del hombre como criatura querida y dignificada por voluntad de Dios, algo que no se acepta desde las posiciones biológicas evolucionistas más radicales. Y es este descenso en la consideración de la dignidad absolutamente inviolable del ser humano donde el debate está llegando a sus conclusiones más indeseables (experimentación genética, destrucción de embriones, aborto, eugenesia, etc.), algo que hay que plantearse más allá de lo estrictamente biológico (aunque también desde la Biología).