Un blog sobre la New Age (Nueva Era) y los esoterismos varios que hoy, como una epidemia que afecta al raciocinio y a la lógica, se expanden... Bienvenidos sean usted y Guillermo de Occam.

viernes, 4 de julio de 2008

El genoma, el Seprona y los grandes simios

Hoy vamos a escenificar una de las consecuencias más terribles (no la única) de la postmoralidad y que ejemplifica de qué modo la desorientación cunde y las contradicciones abundan.

Jesús Mosterín, filósofo español, propuso hace pocos años que se tomara muy en serio la posibilidad de que se reconocieran a los primates superiores derechos humanos (Proyecto Gran Simio). Justificaba su petición alegando que estas especies poseen sensibilidad psicológica, emocional y social y que resultaba de todo punto intolerable el trato que se daba a estos “iguales”.



Uno de los argumentos con que se defiende esta propuesta legislativa es el material genético común que compartimos los humanos con los póngidos más evolucionados, más de un 90%.

Una de las posibilidades más interesantes de la biología es la tarea de identificación genética de las especies: permite decidir a qué especie pertenecen y situar a los individuos en un lugar la clasificación taxonómica según lo que realmente son. Los genes, de nuevo, nos ayudan a determinar, dicen, a qué especie pertenece un ejempler, saber qué es, y esto lo determina su genoma.

Vivimos en la era de la Genética. Pero, ¿y si decidimos recurrir al material genético para decidir qué cosa es un embrión?.

Los embriones humanos comparten el 100% del material genético con los de su especie, su genoma es humano. Una coincidencia de este calibre debería ayudarnos a determinar qué son y si, por lo mismo, le corresponden o no los mismos derechos y dignidad que al resto de individuos de su especie.

Es muy probable que en España se apruebe una ley de plazos que reforme la actual ley de despenalización del aborto en determinadas situaciones, un debate que ha surgido de la denuncia de irregularidades en algunas clínicas donde se practica el aborto y que parece que ha indignado a los defensores de los derechos de la mujer. Y surge, de nuevo, la esquizofrenia cultural con la que se abordan este tipo de temas.

¿Cuál es el estatuto ontológico del feto? ¿Qué es un feto? ¿Cabe la posibilidad de que se trate de un individuo y no de un montón de células o de tejidos sin pertenencia alguna a ninguna rama o especie? ¿Se ha establecido, sin ningún género de
dudas, que el feto no es un individuo humano y que, por lo tanto, no le corresponden ni sus derecho ni su dignidad? Si se tuviera la más mínima sospecha, si hubiera alguna duda, aún la más mínima, de que pueda tratarse de un espécimen humano, ¿no debería temblarnos la mano antes de decidir su supresión o de legislar esta posibilidad?.

Este es, de todas formas, un debate altamente viciado. A los que se manifiestan a favor del derecho a la vida de los fetos y embriones (¿humanos?) se les encuadra como contrarios al derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo (a lo mejor se piensa que sólo se acaba con varones en un aborto). Situados aquí, considerados como trogloditas prehistóricos, cualquier argumento se torna inmediatamente en un ataque contra la mujer. De defensores de víctimas se pasa a victimarios irredentos.

De nuevo cabría preguntarse si se da identidad, o no, entre el cuerpo de la mujer y el del feto; si éste es o no una especie de apéndice prescindible de la anatomía femenina o, como dicen algunos, si se trata de algo similar a una espinilla.
¿Cabe la posibilidad de que feto y mujer compartan mucho, muchísimo, pero que no sean lo mismo? Si recurrimos a la genética vemos que el feto tiene identidad propia y diferenciada del cuerpo que lo cobija.

De este modo, antes de legislar debería abrirse un debate intenso, profundo, multidisciplinar y extenso que permita concluir cuál es el estatuto ontológico del embrión y del feto, reflexionar acerca de lo que es o no es. Y si no somos capaces de llegar a una conclusión clara y definitiva, si cabe la más mínima duda, detenernos.

Una diputada del parlamento de España criticaba indignada que miembros del SEPRONA
(Servicio de Protección de la Naturaleza) se dedicaran a investigar a esas clínicas, porque abandonaban la vigilancia de entornos naturales que, de este modo, quedaban desprotegidos… Si bien es manifiesta la desproporción entre la gravedad de ambas situaciones, la de los fetos y la de árboles y fauna, y dejando a un lado el tema de la competenciapara investigar de estos agentes del SEPRONA, cabría preguntarse quién está verdaderamente desprotegido. Quizás deberíamos exigir para los fetos y embriones humanos los mismos derechos que se quieren reconocer a los grandes simios…

Sí, da la impresión de que es una sociedad muy desorientada ésta del post-deber. Así lo flipa la New Age... Todo vale...

Para conocer sobre el desconcierto moral y las contradicciones de nuestra cultura puede acudirse a la lectura de dos obras que, aún lejos de las tesis cristianas, profundizan en el modo esquizoide con que la sociedad post-moral aborda las cuestiones éticas y entiende sus obligaciones y sus derechos. El Crepúsculo del deber, de G. Lipovetsky, y La tentación de la inocencia, de P. Bruckner, ambas de la editorial Anagrama.

La persistencia del fraude

La diferencia entre el error y el fraude no es menor. En el primero, quien afirma lo hace pensando que lo que dice es verdad. Esto es disculpable, aunque quepa la correción. En el fraude, sin embargo, quien afirma sabe que lo que dice es falso. Esto no tiene disculpa y cabe la acusación.

No son pocos los casos célebres de fraude en ciencia.

Uno de los más famosos es el del Hombre de Piltdown, unos restos que los paleontólogos llegaron a considerar durante más de un siglo como correspondientes a un homínido, el Eoanthropus dawsonii, y a los que se atribuía el honor de corresponder a lo que se creía que debía ser el eslabón perdido (hoy nadie busca eslabones perdidos entre los primates y el hombre). La cosa es que la verdad sobre esos restos fue finalmente expuesta por un dentista, A.T. Marsons, que descubrió que los dientes eran de un orangután. Análisis posteriores corroboraron esta conclusión y demostraron el fraude.

Otro famoso fraude es el de la investigación de C. Burt sobre la influencia de la herencia a mediados del s. XX. Sus investigaciones sobre la inteligencia partían de la premisa de la herencia como factor decisivo en su desarrollo. Nada mejor para determinar el valor de esta hipótesis que estudiar la inteligencia de los gemelos univitelinos, y mejor aún si habían vivido separados. La manipulación de los datos pasó inadvertida, pero Leon Kamin, un psicólogo de Pinceton, fue el primero en advertir y publicar que los datos obtenidos eran, no erróneos, sino fraudulentos. En un principio los partidarios de Burt se negaron a aceptar que tal cosa fuera posible (conspiraciones de la izquierda), aunque poco a poco tuvieron que rendirse a la evidencia: Burt había falsificado datos para sostener la verdad de su hipótesis.

En los últimos tiempos los fraudes más ilustres se han dado con ocasión de la fusión fría y las células madre. Stanley Pons y Martin Fleishmann anunciaron el 23 de marzo de 1989 que habían conseguido la tan deseada fusión fría, aunque tan sólo unas semanas más tarde se comprobó que los resultados presentados no eran posibles ni práctica ni teóricamente. Y, por último, Woo Suk Hwang, un veterinario coreano, presentó al mundo la hazaña de unos clones humanos que jamás existieron.

Estos cuatro casos, quizás los más famosos de la historia, nos advierten de que ningún área de la actividad humana escapa de la miseria del hombre.

No obstante, veamos un último e interesante caso. Se trata del timo de los fósiles de Beringer.

Johannes Bartholomäus Adam Beringer fue un paleontólogo del s. XVIII, cuando el evolucionismo aún eestaba por aparecer, que publicó unas Litographiae Wirceburgensis en las que se incluían con abundancia ilustraciones de fósiles más que curiosas.



Como puede verse, los fósiles de Beringer incluían restos petrificados de criaturas que se habían conservado extraña y sorprendentemente bien y con formas más que curiosas. Estos “fósiles” incluían muchos individuos en la misma piedra, restos de telarañas (algo imposible) y hasta objetos celestes, pasando por hermosas letras hebraicas con el tetragrámaton (YHWH, o Yahvé). A pesar de la más que evidente falsificación Beringer las publicó como auténticas. Pero en este caso, Beringer fue la víctima. Después de haber publicado su libro, y no antes de haber negado que fueran de manufactura humana, descubrió que esas piedras habían sido convenientemente situadas en los lugares donde sus colaboradores solían buscar fósiles: dos colegas suyos, J.I. Roderick y G. von Eckhart, habían encargado la talla de los falsos restos y habían contratado a un muchacho del grupo de obreros de Beringer para que los colocara y los encontrara. El paleontólogo cayó en la trampa.

Lo curioso es que, conocida ya la trampa, se publicó de nuevo la obra de Beringer ¡póstumamente! y hoy es una de las publicaciones más deseadas por los coleccionistas. Y más curioso aún es que Beringer persistiera en no aceptar que todo era un engaño.

En todos estos casos, los que perpetraron los fraudes salieron a la luz y cayeron en desgracia. Es lo que tiene la ciencia: el fraude es posible, pero una vez descubierto se pierde toda la credibilidad y se acabó lo que se daba. En el caso del hombre de Piltdown, si bien el culpable ya estaba criando malvas, ya nadie volvió a considerar la posibilidad de que aquellos restos fueran veraces.

No ocurre así en el mundo esotérico y de la New Age. Ya puede usted demostrar un fraude de la forma más palmaria que no ocurre nada de nada. Ni el culpable pierde credibilidad ni los “hechos” son cuestionados. Pongamos ejemplos.

Supongo que han oído hablar de las calaveras de cristal, al menos por la última e infumable película de la saga de Indiana Jones.



Según los hecspertos esotéricos se trata de un objeto increíble, súpermisterioso y megapoderoso. En realidad son varios los cráneos. El más famoso es el conocido como Mitchell-Hedges, un más que dudoso experto en antiguas civilizaciones americanas que afirmó haberla encontrado en Lubaantum. De inmediato se publicaron y ensalzaron las supuestas cualidades de este peculiar objeto: un tallado que hubiera necesitado al menos de 150 años de trabajo, una datación geográfica increíble (la Atlántida, cómo no), una cronología estyupenda (3.600 años) y una función mágica (un gran sacerdote maya lo utilizaba para sus ritos). No falta quien sostiene que proviene del futuro… Y aparecieron más calaveras. Y no se tardó en alabar sus poderes: permiten contactar con entidades de todo tipo (extraterrestres, ámgeles, espíritus…), despiden energías, tienen memoria, por supuesto, curan enfermedades y pueden activarse psíquicamente.

Sin embargo el tiempo pone las cosas en su sitio y las ilustres calaveras se descubrieron de manufactura humana, alemana por más señas, y del s. XIX.

¿Ha supuesto esto el fin de la leyenda? No. Lo que se afirma es que puede que la que posee el British Museum sea falsa, pero que las hay verdaderas. Del mismo modo, puede que sea falsa la que posee el Museo del Hombre de París, pero que las hay verdaderamente verdaderas. Algo así como que la mayoría de los canalizadores y psíquicos son falsos pero los que yo sigo no lo son. Las hay buenas porque las hay buenas.

La pregunta que me surge es la siguiente: ¿qué sería necesario para que finalmente se acepte el hecho de que algo así es una mentira monumental?

Nada. Lo necesario se ha producido ya, se ha descubierto el fraude, pero nada provoca el mínimo y sano escepticismo que permite ver las cosas con el necesario sentido crítico. De esta manera, ya puede usted mostrar un fraude con toda su crudeza que los himbeztigadores y los hecspertos psíquicos que publican sus himbeztigasiones no conocerán el descrédito por la sencilla razón de que lo que se desea no es la verdad. Y así pululan y crecen los Íker Jiménez, Pedro Amorós, Enrique de Vicente, Jaime Maussan, etc. y toda la pléyade de canalizadores, médiums, psíquicos y demás fauna exótica que se está hartando de ganar dinero a costa del crédulo.

Algo estamos haciendo mal cuando la sociedad no se depura de estas imposturas.