Un blog sobre la New Age (Nueva Era) y los esoterismos varios que hoy, como una epidemia que afecta al raciocinio y a la lógica, se expanden... Bienvenidos sean usted y Guillermo de Occam.

viernes, 16 de mayo de 2008

A la desesperada...

Los OVNIS están en crisis. Desde que hay personas que dedican parte de su tiempo a investigar lo que dicen los himbeztigadores, los extraterrestres parecen habernos dejado en paz. Sólo en las publicaciones más excéntricas se sigue dando la matraca con este tema. Únicamente los grupos esotéricos y los de New Age siguen insistiendo en la evidente evidencia de que somos visitados frecuentemente por seres de otros planetas, aunque ahora se procura que los contactos se produzcan en forma de canalizaciones, encuentros interdimensionales, astrales o espirituales. En fin.

Por más que los gobiernos desclasifiquen sus "informes ufo", lo que hay (pena, penita, pena) son testimonios, entrevistas y recopilación de "datos" sobre personas que dicen que han visto cosas que no saben lo que son... No faltan los ufomaníacos que sostienen que los gobiernos ocultan "los verdaderos informes". En fin.

No obstante, hay quien persevera. En un intento desesperado por parecer serios, eruditos y profundos, algunos ufomaníacos han querido incluso rastrear en la historia posibles rastros de encuentros con extraterrestres. Hoy nos ocupamos de los que ven ovnis en la historia del arte.

Cuando alguien se enfrenta a una obra de arte no sólo se preocupa de analizar lo que tiene delante. Es cosa importante informarse acerca del contexto estético, cultural, social, económico, político, religioso, histórico, etc. Es muy importante la biografía personal del artista. Es también importante haberse preparado mínimamente bien y tener unos conocimientos básicos de la Historia del Arte, no vaya a ser que lo que tengo delante me muestre cosas que no llegue a ver en virtud de mi ignorancia de otros autores, de otras obras, épocas, estilos, símbologías, etc.

Para los ufomaníacos no es necesario lo anterior. De lo que se trata es de buscar en la historia obras de arte en las que aparezcan “cosas” con la forma que se atribuye a los ovnis, generalmente platillos volantes, que es el modelo ovni estándar. De esta manera si se parece a un ovni, es un ovni.

Así en esta web:

http://ar.geocities.com/ovnis_ar/enig_antig04.htm

O en este vídeo:



Pero, claro, ¿será verdad?

Un clásico: extraterrestres en el Antiguo Egipto.

Para los ufomaníacos en la siguiente imagen encontramos, evidentemente, la representación de un extraterrestre:

(Si desea ver las imágenes ampliadas, pulse sobre ellas)



Tiene ojos ovalados en plan E.T. estándar y está los suficientemente borroso como para declarar, con fondo de musiquita huyuyante, que se trata, como es obvio para quien tenga los ojos sanos, de un alienígena. No obstante, si se consigue una imagen mejor y se compara con otras…





…vemos que en relidad se trata de plantas. Vaya por Dios, se desvaneció el E.T.

Del mismo modo, y éstas son las preferidas por los ufomaníacos, los símbolos en la historia de la pintura religiosa presentan, de forma absolutamente obvia, evidencias ovni incontestables... Otro clásico: las nubecitas con rayos. Si tiene forma de ovni y echa rayitos, entonces es, sin ninguna duda, un ovni. Sea éste:



He aquí al ovni:



Veamos la escenita de la que forma parte:



...y que es un fragmeno este cuadro:



Es en realidad la representación del anuncio del nacimiento de Jesús a los pastores en una Natividad atribuida a Marinardi y que utiliza de forma similar a multitud de otro cuadros relativos a la Natividad la misma escena de fondo del anuncio a los pastores. Lo que demuestra que, a falta de rigor, cualquier cosa puede ser concluída. ¿Qué trabajo hubiera supuesto a los himbeztigadores rebuscar y ver si el mismo símbolo o la misma escena se repite en otras obras de idéntica temática? ¿Cuánto tiempo les hubiera tomado acudir simplemente a San Google y encontrarlas? Haga usted la prueba: busque con el concepto "Nativitá" y pulse en "imágenes". Tendrá ante usted un enorme catálogo de pinturas en las que aparece la misma escena y, en muchos casos, con la dichosa nubecita y sus rayitos luminosos.

Vean la escena de fondo en esta otra Natividad:



Compárenla con este otro framento:



Y que forma parte de esta obra:



Vean ahora esta Natividad de Ghindarlaio:



Hum… Nubes, rayitos, un pastor mirando… ¿será un ovni?

Hay más:







Podría parar aquí, pues es más que suficiente, pero estoy disfrutando… Vamos con más fragmentos:





Vaya, parece que los pintores todos vieron ovnis… Jejeje

Y otro clásico: el UFO de la Anunciación. Sea esta evidente nave extraterrestre:



Está lo suficientemente borroso como para concluir, sin que nos pierda el fanatismo ufomaníaco, que se trata de un ovni. Pero si vemos la imagen más nítida...



Vaya, de nuevo angelitos... Pero ¿y si contemplamos de qué obra forma parte?



Es la Anunciación de Carlo Crivelli. Este pintor utiliza, como otros tantísimos de la historia, nubes y rayitos para representar la narración evangélica de la anunciación:





De nuevo, todos los pintores de escenas relativas a la Vírgen María vieron ovnis... Y los pintaron. Porque, pásmense, el concepto de arte que manejan estos hecspertos-en-toda-cosa-enigmática es el del pintor-fotógrafo, se pinta lo que se ve, o bien el del pintor-codificador, pintan incluyendo códigos y mensajes secretos que están sólo al alcance de quien mira las obras con la mente lo suficientemente abierta... Poco importan los elementos simbólicos, religiosos, estéticos y/o canónicos de este tipo de obras, poco o nada importa si las obras eran encargos, poco importa si los pintores no vieron lo que representan y lo hacen según la costumbre (ya estaría simpático si cada pintor pintara sólo lo que ve, pues habría que suponerles a todos asistiendo personalmente a las escenas narradas en los relatos evangélicos para poder escenificarlas).

Prometo más.

P.D. Esto no habría sido posible sin la más que magnífica web de Diego Cuoghi, al que pido perdón por utilizar parte de su inmenso trabajo.

http://www.sprezzatura.it/Arte/Arte_UFO_eng.htm

viernes, 2 de mayo de 2008

La verdadera Atlántida 2ª parte





Vimos en la primera parte que la historia de la Atlántida es un mito que usa Platón en dos de sus diálogos (como hizo con otros muchos mitos en otros muchos diálogos). No se trata, pues, de un relato histórico. No obstante, los atlantólogos sostienen que sí, que existió realmente. Como no existe ni una sola prueba arqueológica, geológica, documental o de cualquier otro tipo, pues se ha de echar mano de “pruebas indirectas”.

¿Qué es una prueba indirecta?

Aquella que muestra las consecuencias, restos o alusiones a lo que se pretende buscar. Si se da con éstos, ha de existir lo que los provocó.

Y aquí comienza el verdadero derrape de los atlantólogos, porque si es necesario pasar por Platón para afirmar que la Atlántida existió (es el único “testimonio”; todos los demás están referidos a él), para las “pruebas indirectas” es imprescindible olvidarse de Platón o negarlo Veámoslo.

¿Dónde se buscan consecuencias o restos de un continente perdido?

Si la de los atlantes era una civilización avanzadísima (les es necesario suponer esto aunque sea una bobada que Platón no dijo), y disponía de unos medios técnicos sólo a su alcance, hay que buscar restos arqueológicos de edificaciones que resulten de imposible construcción para los pueblos que las levantaron, o bien símbolos o elementos artísticos atribuibles a los atlantes, aunque no tengamos ni pajolera idea de cómo hubiera podido ser la estética atlante. Dicho así parece una tontería pero es realmente lo que hacen los atlantólogos.

¿Y dónde va a buscarse esto?

Por ejemplo, en Egipto: la gran pirámide. Esto es, se sostiene que la pirámide de Keops no fue levantada por los egipcios porque es imposible que la edificaran ellos solos. En realidad, las edificaciones que “no levantaron” los pueblos que se supone que las levantaron se multiplican bajo los ojos escrutadores de los himbeztigadores, afirmando sin rbor que fueron “ayudados”, “enseñados” o “apoyados” por una megacivilización avanzadísima, y todo ello a pesar de lo que dice el mismo Platón y que pudimos leer en la anterior entrada; para Platón todo era absolutamente… griego:

Los astilleros estaban llenos de trirremes y de todos los artefactos correspondientes, todo adecuadamente preparado.



Los trirremes eran naves con tres hileras de remeros muy propia de la Grecia clásica y conocidas por Platón (recordemos de nuevo que se concede a la Atlántida una antigüedad de 11.000 años; ¡qué poco avanzó la naútica en 11.000 años!). Sin duda, un pueblo tecnológicamente hiperavanzadísimo…


En su búsqueda de “edificios imposibles”, los atlantólogos encontraron los siguientes:

- la pirámide de Keops
- la esfinge vecina de la gran pirámide de Keops
- la fortaleza inca de Sacsayhuamán
- las ruinas de Tiahuanaco
- los moais de la Isla de Pascua
- las pirámides de Teotihuacan
- las cabezas olmecas
- etc., etc., etc….

De esta forma, no sólo se menosprecia a los pueblos que hicieron estas maravillas (los consideran incapaces de tales obras) sino que se justifica un etnocentrismo intolerable pues los atlantes eran, por supuesto, caucásicos, esto es, blancos sabios que enseñaron a africanos y americanos torpes cómo se hacían edificios de piedra.

Para poder aventurar la hipótesis atlante, además, hay que partir de algo que “no se sabe cómo” y pasar a la pregunta “¿quién lo hizo entonces?” para responderse “los atlantes” sin que medie conocimiento alguno de la Atlántida o de datos sobre la posibilidad de algo parecido. Lo suyo sería poder establecer las características y posibilidades de los ciudadanos de la Atlántida para poder atribuirles lo que les corresponda, pero sin este conocimiento… ¿por qué los atlantes y no cualquier otra civilización? No se sabe, aunque los hay que incluso aventuran ayuditas de tipo extraterrestre.

Lo curioso de los himbeztigadores es que se centran en determinados edificios obviando el resto de la arqueología de aquellos pueblos. Resulta más que curioso cómo alguno se aplica incluso el título de “piramidólogo”, especialista en el estudio de las pirámides, como si éstas fueran excreciones que nada tuvieran que ver con las demás muestras de arquitectura propias de los pueblos que las levantaron. Es el caso de Manuel José Delgado, autoproclamado piramidólogo que llega a decir cosas como las siguientes:

He estado en Finlandia para visitar la casa de Papá Noel y curiosear por los misterios de la Navidad.

Fuente: http://www.madridoculto.com/ManuelJoseDelgado.htm

A lo que vamos. Este hombre dice esto en la web de su agencia de viajes para una de sus ofertas vacacionales:

Excursión opcional para visitar dos de los más bellos templos de Egipto y mejor conservados. El templo de Abydos, construído por Seti I y Ramsés II, que guarda entre sus muros uno de los mayores enigmas de Egipto: El Osirión. Y el templo de Dendera, dedicado a la diosa Hathor, cuyos relieves nos hablan de la antigua Atlántida y sobre tecnologías imposibles.

Fuente: http://www.viajesalnur.com/viaje_Egipto_verano_2007.html

Los relieves a los que se refiere son éstos:



Los piramidólogos, esotéricos y misteriólogos dicen que se trata de bombillas… Sería el prototipo de “prueba indirecta”: los egipcios no conocían la electricidad, por lo tanto… ¡los atlantes! ¿Conocían los atlantes la electricidad? ¿Cómo se sabe que sí? ¿En virtud de qué se atribuye a la Atlántida algo así? Y si no se sabe, ¿cómo se concluye entonces que es tecnología atlante?

En realidad se trata de flores de loto con serpientes y que representan al dios Harsumtus, aunque es más megaguay pensar que sean bombillas del Antiguo Egipto… o tecnología de procedencia atlante. Ahora viene el momento en el que usted no se fía de mí (no tiene por qué) y busca por usted mismo… ¿Será verdad lo que dice este tío? Busque.

Si menciono a este “piramidólogo” es porque se cumplen en él las condiciones de todo buen buscador de “pruebas indirectas”:

- crítica de lo que se denomina “ciencia oficial” (a saber qué cosa puede ser esto); se trata de despotricar contra egiptólogos, arqueólogos, historiadores, filólogos… porque ocultan estas cosas misteriosas que ellos han resuelto
- conocimiento de elaboración propia acerca de “enigmas” que los anteriores pasan por alto y/o ocultan
- conclusiones basadas en… los conocimientos profundísimos fruto de… complicadísimos estudios con métodos… de elaboración propia que tienen en cuenta… exhaustivas recopilaciones de datos tomados de… experiencias personales avaladas por… otras conclusiones basadas en… los conocimientos…
- un desconocimiento supino de egiptología, arqueología, historia, filología, etc.
- una ausencia total de datos sobre lo que se supone que debía ser la Atlántida y sus posibilidades que no impide decir cualquier tontería
- una asombrosa capacidad para aceptar cualquier cosa como “enigma” y cualquier otra cosa como “respuesta al enigma”
- una desvergüenza absoluta para presentar sus tesis como verdaderas y demostradas
- una asombrosa capacidad para elaborar respuestas para cuanto misterio misteriosamente misterioso caiga en sus manos

La cosa es que la Atlántida, casi olvidada durante más de veinte siglos, pasó a ser centro de interés en según qué círculos a partir de que grupos esotéricos la recuperaran para sus delirios. Madame Blavatsky en el s. XIX y Edgar Cayce en el s. XX tuvieron “conocimiento” de la Atlántida a través de revelaciones espirituales y sueños, cuando no proveniente de mensajeros de vaya usted a saber dónde. El señor Cayce parece que llegó a predecir el resurgimiento de la Atlántida frente a la costa este de los Estados Unidos a finales de los años sesenta… Esto no ha ocurrido aún.

Así, sin datos, sin estudios rigurosos, sin más fundamento que el de los delirios teosóficos o esotéricos, la Atlántida ha pasado a formar parte de la colección de temas recurrentes del elenco de misterios habituales en los círculos esotéricos y las publicaciones sobre asuntos paranormales. Puede usted preguntarse qué cosa invitaría a pensar en una Atlántida megasuperavanzada. La única respuesta que cabe es el deseo de los esotéricos y canalizadores de que sea cierto.
Para más tonterías sobre la Atlántida puede usted visitar en este mismo blog los enlaces sobre Historia y esoterismo de Mayo de 2007.

Otra "prueba indirecta", otro intento desesperado, es buscar coincidencias entre la cultura egipcia y otras, y aquí los piramidólogos encuentra la razón de ser de su "titulación": otras culturas también hicieron pirámides. Y aparecen pirámides, claro, en otros lugares. Solución: fueron "enseñados", "ayudados" o influidos por la misma megacivilización. Pero, ¿qué hace pensar que es necesario establecer una mediación entre las pirámides egipcias y, por ejemplo, las mesoamericanas? El deseo de que exista la Atlántida. Pero, de nuevo, hay que negar a Platón: las pirámides egipcias no se construyeron hasta, al menos, el 3000 a.C y las mesoamericanas aún más tarde (no hay coincidencia temporal), siendo que la Atlántida se supone hundida 9.000 años antes de Platón... Claro que si negamos a Platón, ¿qué es de la Atlantida?

La pirámide es la estructura arquitectónica más simple: una piedra sobre otra piedra sobre otra piedra formando un piso sobre otro piso... ¿Por qué es tan extraño que en pueblos distintos y en tiempos distintos se construyeran pirámides? Ambos grupos culturales son víctimas de explicaciones fantásticas y esto encuentra mayor facilidad para su divulgación que los trabajos serios, que, por desgracia, no suelen resultar atractivos para el gran público. Esto no ocurre con los misterios misteriosamente misteriosos y sus voceros. Para "demostrar" la interacción se seleccionan coincidencias, se las reviste de enigmático rictus y se obvian las diferencias, que no son, por cierto, pocas. Y de nuevo, el puntito etnocentrista: atlantes blancos enseñaron a americanos y egipcios porque éstos, torpes supinos, ni sabían ni podían saber por sí solos...

¿Qué habría que buscar para encontrar una Atlántida?

Puestos a ello, habría que buscar una polis a la medida de la descrita por Platón, tal y como eran las ciudades-estado propias del mediterráneo clásico. Pero esto no es lo que hacen los himbeztigadores y esotéricos; tendrían que ponerse a estudiar el mundo clásico. Y eso de estudiar…

Otros, como Montexanos, tratan desesperadamente de que se tomen en serio sus "estudios" sobre la existencia de restos de la Atlántida al sur de España, aunque no ha presentado un solo dato, una sola prueba, un solo resto que permita aventurar tal cosa. Hay que hacerle caso porque hay que hacerle caso.

Georgeos D. Montexanos (que en realidad se llama Jorge Díaz Montesinos) sitúa la ciudad en el sur de España, en torno al estrecho de Gibraltar (también sostiene que la Atlántida es en realidad la península ibérica). ¿Por qué? Por el término "pélagos" presente en el diálogo platónico... El vocablo "pélagos" aparece mal traducido, dice, en muchos textos y diccionarios greco-latinos como "mar" o "alta mar". No argumenta por qué "muchos textos" y "muchos diccionarios" traducen mal "pélagos". Le da a él la gana. Y resulta que "pélagos" significa, precisamente, "mar" y que "piélago", que es como él finalmente traduce "pélagos", significa, casualmente y en castellano, "parte del mar, que dista mucho de la tierra". En otros usos puede significar "balsa de agua" o "estanque", pero jamás "estrecho".

Es más, Montexano decide que una traducción latina de Marsilio Ficino, de la que no da la referencia y que él luego traduce al castellano, es mejor que la del resto de traductores del mundo y de la historia sin explicar por qué. No sé si usted sabe que los originales de los diálogos no se conservan por lo que se trabaja con copias de copias de copias con las que es necesario un trabajo previo de reconstrucción del texto que nos permita acercarnos lo más posible al original y que no pudo hacer Ficino, no porque fuera imbécil, sino porque la filología no se proveyó de estos métodos hasta bastante después de que Ficino empezara a criar malvas. Así que a ver a cuento de qué la traducción al latín de Marsilio Ficino es la monda lironda de los traductores de Platón.

Decidir que Platón hace referencia a una civilización realmente existente y desaparecida obliga a considerar que Platón se equivoca en varios de los "detalles", porque impone unas restricciones temporales y geográficas que hay que saltarse o negar para hacer que cualquier cosa encontrada pueda ser Atlantis, porque de aplicarse a la Atlántida lo que Gillard y Montexanos dicen, Platón equivocó la fecha, el tamaño, la estructura política, la influencia territorial, la tecnología, la cultura, el fango no navegable resultante de la catástrofe (que Platón describe como actual)... De manera que, encontremos lo que encontremos, y aunque no se encuentre, se dirá que es la Atlántida aunque no se trate de la de Platón.

Para los delirios filológicos de Montexanos: http://usuarios.lycos.es/atlantisiberia/cultura/id24.htm

En esta web, Montexanos sostiene también que el acueducto de Segovia está erróneamente atribuido a los romanos...

Pródigo en foros y publicaciones variopintas, Montexano dice incluso que ha encontrado restos submarinos. Y hasta en esto mete la pata:

ninguna institución científica ha mostrado interés por estudiar las sólidas evidencias descubiertas por el equipo de exploradores colaboradores del investigador y escriptólogo Georgeos Díaz-Montexano,

Fuente: http://DiscoveryAtlantis.sytes.net/

¡Cómo va a mostrar interés! Observe que la web no muestra ni una sola evidencia. Es más, dice lo siguiente:

El equipo de colaboradores de Georgeos Díaz-Montexano es el único que ha mostrado al mundo evidencias arqueológicas submarinas que han sido analizadas por científicos y que todavía no se han podido aún reconocer o clasificar. Estas evidencias se hallan a unas profundidades que se corresponden con el nivel antiguo del mar de varios miles de años antes de los tiempos de Solón y de Platón.

Es decir, los científicos han analizado las evidencias... Pero no han sido ni reconocidas ni clasificadas... Pero son atlantes... porque se supone que están al nivel que tenía el mar en época de Solón... ¿Qué clase de evidencias son ésas?

Fuente indirecta: http://www.noticias.info/Archivo/2005/200501/20050119/20050119_45366.shtm

La cosa es que si decidimos que Platón se refiere a otra cosa, a otra guerra, a otro tamaño, a otra cultura, a otro pueblo, a otra historia, a otra época, a otra zona, ¿estamos hablando de la Atlántida platónica?

Se llega a decir que convertir la Atlántida en un mito es hacer de Platón un mentiroso... Pero... ¿Mintió Cervantes cuando puso a dialogar a Babieca y a Rocinante? ¿Mintió Shakespeare cuando puso a dialogar a Romeo y a Julieta? ¿Mintió Platón cuando puso en boca de Critias el mito de la Atlántida?

Puede usted responder a las dos primeras... La respuesta de la tercera es idéntica.

Una cosilla más sobre los mitos.

El nacimiento de la filosofía y de la ciencia en Grecia suele caracterizarse como el paso de la mentalidad mítica a la mentalidad lógica o científica. Fue un paso cultural importantísimo.

Según Mircea Eliade, lo que tiene de vivo, el mito no es una explicación destinada a satisfacer una curiosidad científica, sino un relato que hace revivir una realidad original y que responde a una profunda necesidad religiosa, a aspiraciones morales, a coacciones e imperativos de orden social, e incluso a exigencias prácticas. En las civilizaciones primitivas el mito desempeña una función indispensable: expresa, realza y codifica las creencias; salvaguarda los principios morales y los impone; garantiza la eficacia de las ceremonias rituales y ofrece reglas prácticas para el uso del hombre.

En los mitos se recrean con narraciones, a veces a través de fábulas o ficciones alegóricas, relatos referidos a cuestiones primordiales que pretenden dan explicación y fundamento tanto a las normas sociales como a las creencias, costumbres, etc. mediante la exposición de la génesis de dichas normas y funciones, o del origen del mundo, del hombre o del comportamiento de la naturaleza. Generalmente van asociados a la actividad de seres sobrenaturales o con poderes excepcionales, o a historias fantásticas, y permiten la justificación de valores, instituciones y creencias que las sociedades construyen mediante representaciones simbólicas que normalmente expresan las creencias profundas de la sociedad que los genera. El mito nace señalado por su función esencial: dar respuestas respecto de lo que las cosas y el hombre son.

De esta manera, ¿un mito es una mentira? No, pues no pretende decir de algo que es lo que se sabe que no es. ¿Son entonces ciertos? No, pues su finalidad no es ni pretende ser descriptiva o histórica. ¿Eran inútiles? No, pues expresaban, como ya se ha dicho, un modo de reproducir y de justificar creencias, valores, costumbres, instituciones...

El salto a la Filosofía o a la ciencia (el paso del mito al lógos) surge precisamente de cuestionar la verdad del contenido de los mitos. Un paso hacia adelante importantísimo. ¿Significa esto que el mito no sirva para enseñar o aprender cosas? No, el mismo Platón utiliza mitos con fines filosóficos, pedagógicos y moralizantes.

¿Platón cree en la verdad del contenido de los mitos que él mismo usa? Es pensable que no, aunque utilizó algunos para expresar su propio pensamiento. Esta actitud pede verse respecto del mito del rapto de Oritiya por parte de Boreas en su Fedro, o con el mito del carro alado en el mismo diálogo, o con el de Cronos en el Político, con el del infierno en el Gorgias, con el de las marionetas de las Leyes, o respecto de las historias sobre Eros en el Banquete, o los que ya se le han citado, incluido el de la Atlántida.

La verdadera Atlántida, 1ª parte.




A pesar de las veces que un mito se desmiente, éste se reproduce de forma periódica sin que su falsación parezca hacerle mella alguna, al menos a largo plazo. Así, cada poco, sin que medie descubrimiento alguno o se ofrezcan nuevos datos, y aún a pesar de que ya haya sido refutada, la misma historia se cuenta de nuevo como si se tratara de algo realmente novedoso. No se dan nuevos razonamientos ni se presentan investigaciones "actualizadas". Se trata de lo mismo, cíclicamente surgente, como si lo realmente fundamental fuera simplemente la popularidad del tema y su verdad no tenga más base que su constante repetición. No hay nada misterioso en este tipo de conducta; se trata de insistir en lo que se cree cierto a pesar de que se sabe incierto. Y es que para algunos éste es su medio de vida.

¿Se imaginan ustedes a revistas del tipo Año Cero rectificando alguno de sus artículos o abandonando temas porque los considera suficientemente falsados? ¿Pueden ustedes pensar en que Iker Jiménez, J.J. Benítez, Jaime Maussan, Bruno Cardeñosa y demás fauna exótica-esotérica dejen de ingresar dineritos simplemente porque alguien haya demostrado que es falso algo que dijeron? ¿Creen ustedes posible que algún canalizador rectifique o deje de “canalizar” en virtud de los datos?

Así ocurre con el asunto de la Atlántida. Cada poco, algún canalizador o algún himbeztigador avezado repite lo que ya se ha dicho antes sin rubor alguno. ¿Se ha descubierto algún resto arqueológico que pueda sugerir siquiera que hubo una Atlántida? No. ¿Hay alguna investigación geológica que haya encontrado algo siquiera parecido a la isla de los atlantes? No. ¿Hay algún dato no tenido en cuenta hasta ahora que permita seguir sosteniendo que existió ese continente? No. Se trata de repetir lo de siempre.



De este modo, y para que la repetición encuentre su adecuada respuesta, pues repetiremos los argumentos.

Las únicas referencias a la existencia de la Atlántida las encontramos en su creador. Platón escribió un diálogo, el Critias, que no está completo. Una pena. Contiene la descripción más detallada de la isla atlante. La mención a la Atlántida en otro diálogo suyo, el Timeo, es mucho más breve. No obstante, antes de prestar atención a lo que dice Platón en estos diálogos, es conveniente echar un breve vistazo a la forma en que Platón presenta este…mito.



Este es Platón.

Los diálogos de Platón, con pocas excepciones, tienen a Sócrates como protagonista y portavoz del pensamiento platónico. De este modo, Platón expone y examina su propia propuesta oponiendo a su maestro con otros interlocutores. Tan es así que, debido al hecho de que Sócrates no dejara nada escrito, se hace complicado discernir qué es de Sócrates y qué de Platón y esto ha dado lugar a lo que se ha venido a llamar de forma clásica “el problema socrático”. Estos diálogos son ficticios, no tuvieron lugar más que en el argumentario mental de Platón, aunque algunos de los personajes sean históricos. Su estructura viene a ser, en rasgos generales, como sigue:

- planteamiento del problema
- posición de los interlocutores
- interrogatorio de falsación por parte de Sócrates (la posición de los interlocutores es discutida y refutada)
- interrogatorio de aprendizaje (a través de preguntas precisas se va proponiendo la tesis platónica)

Lo que tenemos en el Critias es, precisamente, la introducción y el posicionamiento de Critias. Este va a exponer cómo considera que debe ser el gobierno idóneo de la polis, la estructura ideal del Estado. Esto es lo que se conserva. Nos faltan, pues, al menos, los posicionamientos de Timeo y Hermócrates y la respuesta de Sócrates. Es decir, no es la postura de Platón lo que se conserva en el incompleto Critias (al final de este escrito ofreceremos el texto íntegro que casi nadie, además, ha leído).

¿Y qué dice Critias?

Que hubo una sociedad, la atlante, que prosperó con el favor de los dioses mientras ésta mantuvo la esencia divina que los constituía (perdida por el continuo mestizaje con mortales) y en tanto se obedecían los mandatos de los dioses, en concreto de Poseidón. En la defensa que hace Critias de su Estado echa mano de la historia atlante como recurso legitimador de su propia posición política. Esto es, lo que hay en el texto no es la postura de Platón sino lo que Platón considera que es la posición teórica de uno de los interlocutores ficticios de su diálogo a la que, más que probablemente, seguiría después la del propio Platón.

Podría sospecharse que Critias trata de justificar históricamente su teoría (el de la Atlántida es un ejemplo de cómo debe ser el Estado), pero la forma en que Critias dice que le llegó el relato nos sitúa ante una perspectiva peculiar: unos sacerdotes egipcios que lo hacen saber a un Solón que lo traslada a Critias (el viejo) y que, a su vez, lo enseñó al interlocutor del diálogo platónico... Si bien Critias dice que posee los documentos de su abuelo, éstos sitúan la caída de la Atlántida bajo el poderío ateniense 9.000 años antes de su tiempo, esto es, hace unos 11.500 años. Evidentemente, Atenas, de la que se dice que derrotó a los atlantes, no existía hace 11.000 años.

¿Se trata entonces de un mito? ¿Qué hace Platón utilizando un mito?

En no pocas ocasiones Platón utiliza mitos, historias, metáforas y analogías para explicar su pensamiento. Son famosos el Mito de la caverna, la Metáfora de la línea, el Mito de Prometeo, el del guerrero Er... Sólo en el libro II de la República aparecen, entre otros, éstos: el del Anillo de Giges, el de Museo y su hijo, el de la sangre de Urano, el de Hera y Hefesto, el de las desgracias de Níobe o el de los Pelópidas. Curiosamente, este libro termina con la sugerencia de Sócrates de que sólo deberían contarse las historias que supongan la enseñanza de lo justo y lo bueno y desechar las que presenten a los dioses como caprichosos e injustos. No es pues nada extraño que Platón utilice historias y mitos en sus diálogos. A veces incluso deja constancia de que se trata de verdaderas fábulas. También en la República, dice Sócrates:

Hablaré, aunque en realidad no sé cómo mirarte a la cara, ni con qué palabras expresar esta audaz invención…

Y Glaucón responde más tarde:

Buena razón tenías para avergonzarte de la mentira que ibas a contarme.

Así justifica Platón por boca de Sócrates la división de la sociedad en tres clases sociales en virtud del mito de la presencia en los hombre de oro, plata y bronce o hierro (Rep 415 a-c). Es consciente de que lo que dice no es verdad, pero el invento le sirve para situar y legitimar lo que piensa; lo mismo que cuando hace contar a Critias el mito de la Atlántida.


Este es Sócrates.

La cuestión a este nivel sería: ¿por qué tomar como reportaje histórico el relato que hace Critias de la Atlántida? Dato a tener en cuenta: Platón es el primero que habla de la sociedad de los atlantes; toda referencia posterior a la Atlántida tiene su fuente en Platón. Antes de Platón, nadie la conocía…

Veamos un resumen del Critias tal y como se ha conservado (puede ahorrarse, si lo desea, la lectura del texto completo, aunque se la recomiendo).

Critias comienza su relato diciendo: “En la edad de oro…”. Esta idea de una edad dorada en la que todo era supermagachuli es común en la literatura clásica. La guerra a la que según Critias hace referencia, dice, sucedió 9000 años atrás. Uno de los combatientes es Athenas, otro Atlantis. Hablará de Atenas en primer lugar (esta mención de Atenas suele ser obviada por los atlantólogos).

El relato hace referencia al reparto de la tierra que hicieron los dioses en el principio de los tiempos (la edad dorada): Efaistos y Atenea, dioses hermanos, obtuvieron la Ática (donde está Atenas). En esta parte del relato, se cuenta extensamente qué estupendísimos eran los ciudadanos y qué bien organizada estaba la sociedad. Cuenta verdaderas maravillas de esa edad dorada ateniense. Se trataba de una raza tan bella y virtuosa que era admirada en todo el orbe. La profusión de detalles de esta Atenas maravillosa y perdida es abrumadora. Una vez que termina de describir la maravillosa Atenas dorada comienza Critias la descripción de Atlantis.

Atlantis era una isla mayor que Libia y Asia. Después que un terremoto la hundiera se convirtió una barrera infranqueable de fango que impidió desde entonces que los viajeros navegaran a cualquier parte del océano... El relato sobre la Atlántida comienza como una historia del bisabuelo de Critias que éste estudió de niño. Por eso, otro elemento a tener muy en cuenta, es que al principio del relato sobre Atenas Critias pide la ayuda de Mnemosine, diosa de la memoria, para no despistarse demasiado. Critias habla “de memoria”.

En el reparto de tierras del principio de la historia, el dios Poseidón obtuvo como porción la isla de Atlantis. Engendró hijos con una mortal: Cleito. Poseidón arregló la isla a su gusto, rodeó la montaña central de Atlantis con diversos anillos hechos de forma bellísima con su divino poder. Como no había navegación en aquellos tiempos... nadie podría darles la lata. El primogénito nacido de este romance entre diosa y mortal fue Atlas, al que se hizo rey del centro de la isla. A su hermano Eumelus se le asignó otra parte de la isla, dice, cerca de los estrechos. A los otros ocho hermanos se les asignaron otras zonas de la isla. Se trataba de 10 monarquías que hoy llamaríamos absolutas pero que en aquel momento se calificaban como tiranías y que Platón rechaza de pleno en toda su obra.

Su poder se extendía desde Egipto hasta Tirrenia (península itálica) y Asia. Puede usted imaginar qué se cuenta de la isla: pastos abundantes, animales de toda clase, metales preciosos, manadas de elefantes, árboles frutales, etc. Toda ella dividida en diez partes, y todas con sus montañas, prados, jardines, tierras de labranza, bosques, castillos, plazas, murallas, canales, ríos, lagos… Se describe una llanura de tres mil estadios de longitud (un estadio mide aproximadamente 180 metros; hagamos las cuentas: 3000 x 180 = 540000 metros). Tenía fuentes de agua fría y agua caliente, y baños y castillos para ambos sexos y todo era hipermegachuli… No me voy a extender en lo maravilloso que era todo. Imagínelo.

Se detiene el relato en la manera en que construían sus templos; se puede imaginar la maravilla: canales desde el centro de la isla, puentes, muchos colorines, adornos con profusión casi lujuriosa, etc. Por supuesto, en el centro de la isla se construyó un templo absolutamente maravilloso dedicado a Poseidón y Cleito; el techo era de marfil, estaba cubierto de plata y con pináculos de oro puro, tenía estatuas maravillosas… Lo propio de una Edad de Oro.

Cada uno de los diez reyes obedecía las instrucciones que había dado Poseidón para el gobierno de la isla, festivales, sacrificios, relaciones entre los príncipes, etc. Todo era paz y prosperidad. Y durante generaciones todo fue bien, pues se obedecían las leyes y todo era perfecto. Pero degeneraron, porque la divina parte de sus almas fue cada vez mezclándose más y más con mortales hasta perderse todo rastro de su origen divino. Les dio por ambicionar riquezas y dedicarse a la lujuria. La virtud, fuente del orden y de la prosperidad de la isla, se perdió. Así, Zeus, dios de dioses que todo lo ve, decidió darles un escarmiento, reunió a los dioses y habló como sigue…

Justo aquí acaba el diálogo, pues el resto se ha perdido.

¿Y el Timeo, qué dice?

Pues en el Timeo, como respuesta a la petición de Sócrates de que se ejemplificara la sociedad perfecta, uno de sus interlocutores (curiosamente también es Critias) cuenta el origen de la historia de los atlantes (unos sacerdotes egipcios se lo cuentan a Solón) y su destino fatal. Pueden leerlo al final de este rollo.

¿Y cómo sabemos que realmente se trata de un mito?

Pues ya se ha respondido en parte: Platón usa mitos con muchísima frecuencia y, segundo dato ya revelado, Atenas no pudo derrotar a los atlantes porque Atenas no existía hace 11.000 años (no existía Atenas = Atenas no derrotó a nadie = no existieron los derrotados = no existieron los atlantes). Añádase que en el relato incluye:

- el mito de la edad de oro, una era ahistórica primigenia de esplendor muy presente en la literatura clásica. Así Hesíodo (s. VIII a.C), en su obra “Los trabajos y los días”.
- los dioses, en especial Poseidón, distribuyendo y organizando tanto el territorio como la sociedad atlante
- la isla como un paraíso natural, social, económico y político
- la degeneración que supone la pérdida de lo divino en los hombres (final de la Edad de Oro)
- unas dimensiones absolutamente colosales (sólo una llanura medía más de 540 kilómetros de longitud; hay que añadirles las montañas, los lagos, los bosques…)
- un final de fábula; todo se destruye en un día y una noche
- una intención ejemplarizante; la presentación de cómo es una sociedad perfecta
- una finalidad moralizante; las cosas van fatal cuando se desobedece a los dioses

La pregunta más bien debería hacerse a la inversa: ¿qué permitiría pensar que Platón está hablando por boca de Critias y describiendo un lugar y una historia reales?

Imagine que alguien decidiera dedicarse a buscar la Utopía de Moro o La Nueva Atlántida de Bacon. ¿Qué le diría usted?

La Atlántida pasó absolutamente desapercibida, con poquísimas excepciones, hasta el s. XIX, cuando Ignatius Donnelly, congresista norteamericano, publica Atlántida: El Mundo Antediluviano. Nacía también el interés esotérico por los atlantes...


Esto lo explicaremos en la 2ª parte.


P.D. El texto del Timeo (extracto donde se habla de la Atlántida) y lo que se conserva del Critias.

Fragmento del Texto TIMEO de Platón referido a la Atlántida

Al principio del Diálogo, Sócrates menciona la discusión del día anterior sobre la sociedad "perfecta", (Platón hace aquí referencia a su obra "La República", escrita unos años antes). Sócrates, ante las discusiones hipotéticas de sus estudiantes, les propone una tarea: ejemplificar la perfección de una sociedad que vive de acuerdo con los preceptos expuestos en "La República" y que entabla una guerra justa.

Critias responde diligentemente a la sugerencia del maestro e inicia su explicación:


CRI.-- Escucha, entonces, Sócrates, un relato muy extraño, pero absolutamente verdadero, tal como en una ocasión lo relataba Solón, el más sabio de los siete, que era pariente y muy amigo de mi bisabuelo Drópida, como él mismo afirma en muchos pasajes de su obra poética. Le contó a Critias, nuestro abuelo, que de viejo nos lo relataba a nosotros, que grandes y admirables hazañas antiguas de esta ciudad habían desaparecido a causa del tiempo transcurrido y la destrucción de sus habitantes, y, de todas, una, la más extraordinaria, convendría que ahora a través del recuerdo te la ofreciéramos como presente, para elevar al mismo tiempo loas a la diosa con justicia y verdad en el día de su fiesta nacional, como si le cantáramos un himno.

SÓC.-- Bien dices. Pero, por cierto, ¿no explicaba Critias cuál era esta hazaña que, según la historia de Solón, no era una mera fábula, sino que esta ciudad la realizó efectivamente en tiempos remotos?

CRI.--Te la diré, aunque escuchada como un relato antiguo de un hombre no precisamente joven. Pues entonces Critias, así decía, tenía ya casi noventa años y yo, a lo sumo diez. Era, casualmente, la Kureotis, el tercer día de los Apaturia. A los muchachos les sucedió lo que es siempre habitual en esa fiesta y lo era también entonces. Nuestros padres hicieron certámenes de recitación. Se declamaron poemas de muchos poetas y, como en aquella época los de Solón eran recientes, muchos niños los cantamos. Uno de los miembros de la fratría, sea que lo creía realmente o por hacerle un cumplido a Critias, dijo que si bien Solón le parecía muy sabio en todos los otros campos, en la poesía lo tenía por el más libre de todos los poetas. El anciano, entonces --me acuerdo con gran claridad-- se puso muy contento y sonriendo dijo: "¡Ay Aminandro!, ¡ojalá la poesía no hubiera sido para él una actividad secundaria! Si se hubiera esforzado como los otros y hubiera terminado el argumento que trajo de Egipto y, si, al llegar aquí, las contiendas civiles y otros males no lo hubieran obligado a descuidar todo lo que descubrió allí, ni Hesíodo ni Homero, en mi opinión, ni ningún otro poeta jamás habría llegado a tener una fama mayor que la suya". "¿Qué historia era, Critias?", preguntó el otro. "La historia de la hazaña más importante y, con justicia, la más renombrada de todas las realizadas por nuestra ciudad, pero que no llegó hasta nosotros por el tiempo transcurrido y por la desaparición de los que la llevaron a cabo", dijo el anciano. "Cuenta desde el comienzo", exclamó el otro, "qué decía Solón, y cómo y de quiénes la había escuchado como algo verdadero".

"En Egipto", comenzó Critias, "donde la corriente del Nilo se divide en dos en el extremo inferior del Delta, hay una región llamada Saítica, cuya ciudad más importante, Sais --de donde, por cierto, también era el rey Amasis--, tiene por patrona una diosa cuyo nombre en egipcio es Neith y en griego, según la versión de aquellos, Atenea. Afirman que aprecian mucho a Atenas y sostienen que en cierta forma están emparentados con los de esta ciudad. Solón contaba que cuando llegó allí recibió de ellos muchos honores y que, al consultar sobre las antigüedades a los sacerdotes que más conocían el tema, descubrió que ni él mismo ni ningún otro griego sabía, por decir así, prácticamente nada acerca de esos asuntos. En una ocasión, para entablar conversación con ellos sobre esto, se puso a contar los hechos más antiguos de esta ciudad, la historia de Foroneo, del que se dice que es el primer hombre, y de Níobe y narró cómo Deucalión y Pirras sobrevivieron después del diluvio e hizo la genealogía de sus descendientes y quiso calcular el tiempo transcurrido desde entonces recordando cuántos años había vivido cada uno. En ese instante, un sacerdote muy anciano exclamó: '¡Ay!, Solón, Solón, ¡los griegos seréis siempre niños!, ¡no existe el griego viejo!' Al escuchar esto, Solón le preguntó: '¿Por qué lo dices? 'Todos', replicó aquél, 'tenéis almas de jóvenes, sin creencias antiguas transmitidas por una larga tradición y carecéis de conocimientos encanecidos por el tiempo. Esto se debe a que tuvieron y tendrán lugar muchas destrucciones de hombres, las más grandes por fuego y agua, pero también otras menores provocadas por otras innumerables causas. Tomemos un ejemplo, lo que se cuenta entre vosotros de que una vez Faetón, el hijo del Sol montó en el carro de su padre y, por no ser capaz de marchar por el sendero paterno, quemó lo que estaba sobre la tierra y murió alcanzado por un rayo. La historia, aunque relatada como una leyenda, se refiere, en realidad, a una desviación de los cuerpos que en el cielo giran alrededor de la tierra y a la destrucción, a grandes intervalos, de lo que cubre la superficie terrestre por un gran fuego. Entonces, el número de habitantes de las montañas y de lugares altos y secos que muere es mayor que el de los que viven cerca de los ríos y el mar. El Nilo, salvador nuestro en otras ocasiones, también nos salva entonces de esa desgracia. Pero cuando los dioses purifican la tierra con aguas y la inundan, se salvan los habitantes de las montañas, pastores de bueyes y cabras, y los que viven en vuestras ciudades son arrastrados al mar por los ríos. En esta región, ni entonces ni nunca fluye el agua de arriba sobre los campos, sino que, por el contrario, es natural que suba, en su totalidad, desde el interior de la tierra. Por ello se dice que lo que aquí se conserva es lo más antiguo. En realidad, sin embargo, en todas las regiones en las que no se da un invierno riguroso y un calor extremo, la raza humana, en mayor o menor número, está siempre presente. Desde antiguo registramos y conservamos en nuestros templos todo aquello que llega a nuestros oídos acerca de lo que pasa entre vosotros, aquí o en cualquier otro lugar, si sucedió algo bello, importante o con otra peculiaridad. Contrariamente, siempre que vosotros, o los demás, os acabáis de proveer de escritura y de todo lo que necesita una ciudad, después del período habitual de años, os vuelve a caer, como una enfermedad, un torrente celestial que deja sólo a los iletrados e incultos, de modo que nacéis de nuevo, como niños, desde el principio, sin saber nada ni de nuestra ciudad ni de lo que ha sucedido entre vosotros durante las épocas antiguas.
Por ejemplo, Solón, las genealogías de los vuestros que acabas de exponer poco se diferencian de los cuentos de niños, porque, primero, recordáis un diluvio sobre la tierra, mientras que antes de él habían sucedido muchos y, en segundo lugar, no sabéis ya que la raza mejor y más bella de entre los hombres nació en vuestra región, de la que tú y toda la ciudad vuestra descendéis ahora, al quedar una vez un poco de simiente. Lo habéis olvidado porque los que sobrevivieron ignoraron la escritura durante muchas generaciones. En efecto, antes de la gran destrucción por el agua, la que es ahora la ciudad de los atenienses era la mejor en la guerra y la más absolutamente obediente de las leyes. Cuentan que tuvieron lugar las hazañas más hermosas y que se dio la mejor organización política de todas cuantas hemos recibido noticia bajo el cielo.' Solón solía decir que al escucharlo se sorprendió y tuvo muchas ganas de conocer más, de modo que pidió que le contara con exactitud todo lo que los sacerdotes conservaban de los antiguos atenienses. El sacerdote replicó: 'Sin ninguna reticencia, oh Solón, lo contaré por ti y por vuestra ciudad, pero sobre todo por la diosa a la que tocó en suerte vuestra patria y también la nuestra y las crió y educó, primero aquélla, mil años antes, después de recibir simiente de Gea y Hefesto, y, más tarde, ésta. Los escritos sagrados establecen la cantidad de ocho mil años para el orden imperante entre nosotros. Ahora, te haré un resumen de las leyes de los ciudadanos de hace nueve mil años y de la hazaña más heroica que realizaron. Más tarde, tomaremos con tranquilidad los escritos mismos y discurriremos en detalle y ordenadamente acerca de todo. En cuanto a las leyes, observa las nuestras, pues descubrirás ahora aquí muchos ejemplos de las que existían entonces entre vosotros. En primer lugar, el que la casta de los sacerdotes esté separada de las otras; después, lo de los artesanos, el que cada oficio trabaje individualmente sin mezclarse con el otro, ni tampoco los pastores, los cazadores ni los agricultores. En particular, supongo que habrás notado que aquí el estamento de los guerreros se encuentra separado de los restantes y que sólo tiene las ocupaciones guerreras que la ley le ordena. Además, la manera en que se arman con escudos y espadas, que fuimos los primeros en utilizar en Asia tal como la diosa los dio a conocer por primera vez en aquellas regiones entre vosotros. También, ves, creo, cuánto se preocupó nuestra ley desde sus inicios por la sabiduría pues, tras descubrirlo todo acerca del universo, incluidas la adivinación y la medicina, lo trasladó de estos seres divinos al ámbito humano para salud de éste y adquirió el resto de los conocimientos que están relacionados con ellos. En aquel tiempo, pues, la diosa os impuso a vosotros en primer lugar todo este orden y disposición y fundó vuestra ciudad después de elegir la región en que nacisteis porque vio que la buena mezcla de estaciones que se daba en ella podría llegar a producir los hombres más prudentes. Como es amiga de la guerra y de la sabiduría, eligió primero el sitio que daría los hombres más adecuados a ella y lo pobló. Vivíais, pues, bajo estas leyes y, lo que es más importante aún, las respetabais y superabais en virtud a todos los hombres, como es lógico, ya que erais hijos y alumnos de dioses. Admiramos muchas y grandes hazañas de vuestra ciudad registradas aquí, pero una de entre todas se destaca por importancia y excelencia. En efecto, nuestros escritos refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un gran imperio, que avanzaba del exterior, desde el Océano Atlántico, sobre toda Europa y Asia. En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas de Heracles. Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de entonces podían pasar a las otras islas y de las islas a toda la tierra firme que se encontraba frente a ellas y rodeaba el océano auténtico, puesto que lo que quedaba dentro de la desembocadura que mencionamos parecía una bahía con un ingreso estrecho. En realidad, era mar y la región que lo rodeaba totalmente podría ser llamada con absoluta corrección tierra firme. En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa que gobernaba sobre ella y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme. En este continente, dominaban también los pueblos de Libia, hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia. Toda esta potencia unida intentó una vez esclavizar en un ataque a toda vuestra región, la nuestra y el interior de la desembocadura. Entonces, Solón, el poderío de vuestra ciudad se hizo famoso entre todos los hombres por su excelencia y fuerza, pues superó a todos en valentía y en artes guerreras, condujo en un momento de la lucha a los griegos, luego se vio obligada a combatir sola cuando los otros se separaron, corrió los peligros más extremos y dominó a los que nos atacaban. Alcanzó así una gran victoria e impidió que los que todavía no habían sido esclavizados lo fueran y al resto, cuantos habitábamos más acá de los confines heráclidas, nos liberó generosamente. Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se hundió toda a la vez bajo la tierra y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello, aún ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la arcilla que produjo la isla asentada en ese lugar y que se encuentra a muy poca profundidad".



Fragmento del CRITIAS de Platón, referido a la Atlántida.

En esta obra, inacabada, Critias habla con Sócrates, retomando el tema de la sociedad ideal de la Atlántida, aportando una descripción detallada:


CRIT. --Tal como dije antes acerca del sorteo de los dioses -que se distribuyeron toda la tierra, aquí en parcelas mayores, allí en menores,
e instauraron templos y sacrificios para sí-, cuando a Posidón le tocó en suerte la isla de Atlántida la pobló con sus descendientes, nacidos de una mujer mortal en un lugar de las siguientes características. El centro de la isla estaba ocupado por una llanura en dirección al mar, de la que se dice que era la más bella de todas, y de buena calidad, y en cuyo centro, a su vez, había una montaña baja por todas partes, que distaba unos cincuenta estadios del mar. En dicha montaña habitaba uno de los hombres que en esa región habían nacido de la tierra, Evenor de nombre, que convivía con su mujer Leucipe. Tuvieron una única hija, Clito, cuando la muchacha alcanza la edad de tener un marido, mueren su padre y su madre. Posidón la desea y se une a ella, y, para defender bien la colina en la que habitaba, la aísla por medio de anillos alternos de tierra y mar de mayor y menos dimensión: dos de tierra y tres de mar en total, cavados a partir del centro de la isla, todas a la misma distancia por todas partes, de modo que la colina fuera inaccesible a los hombres.

Entonces todavía no había barcos ni navegación. Él mismo, puesto que era un Dios, ordenó fácilmente la isla que se encontraba en el centro: hizo subir dos fuentes de aguas subterráneas a la superficie -una fluía caliente del manantial y la otra fría- e hizo surgir de la tierra alimentación variada y suficiente. Engendró y crió cinco generaciones de gemelos varones, y dividió toda la isla de Atlántida en diez partes, y entregó la casa materna y la parte que estaba alrededor, la mayor y mejor, al primogénito de los mayores y lo nombró rey de los otros. A los otros los hizo gobernantes y encargó a cada uno el gobierno de muchos hombres y una región de grandes dimensiones. A todos les dio nombres: el mayor y rey, aquel del cual la isla y todo el océano llamado Atlántico tienen un nombre derivado; porque el primero que reinaba entonces llevaba el nombre de Atlante. Al gemelo que nació después de él, al que tocó en suerte la parte externa de la isla, desde las columnas de Heracles hasta la zona denominada ahora en aquel lugar Gadirica, le dio en griego el nombre de Eumelo, pero en la lengua de la región, Gadiro. Su nombre fue probablemente el origen del de esa región. A uno de los que nacieron en segundo lugar lo llamó Anferes, al otro, Evemo. Al que nació primero de los terceros le puso el nombre de Mneseo y al segundo, Autóctono. Al primero del cuarto par le dio el nombre de Elasipo, y el de Méstor al posterior. Al mayor del quinto par de gemelos le puso el nombre de Azaes y al segundo, el de Diáprepes. Todos estos y sus descendientes vivieron allí durante muchas generaciones y gobernaron muchas otras islas en el océano y también dominaron las regiones interiores hacia aquí, como ya se dijo antes, hasta Egipto y Etruria.

La estirpe de Atlas llega a ser numerosa y distinguida. El rey más anciano transmitía siempre al mayor de sus descendientes la monarquía, y la conservaron a lo largo de muchas generaciones. Poseían tan gran cantidad de riquezas como no tuvo nunca antes una dinastía de reyes ni es fácil que llegue a tener en el futuro y estaban provistos de todo de lo que era necesario proveerse en la ciudad y en el resto del país. En efecto, aunque importaban mucho del exterior a causa de su imperio, la mayoría de las cosas necesarias para vivir las proporcionaba la isla. En primer lugar, todo lo que, extraído por la minería, era sólido o fusible, y lo que ahora sólo nombramos -entonces era más que un nombre la especie del oricalco que se extraía de la tierra en muchos lugares de la isla, el más valioso de todos los metales entre los de entonces, con la excepción del oro- y todo lo que proporciona el bosque para los trabajos de los carpinteros, ya que todo lo producían de manera abundante y alimentaba, además, suficientes animales domésticos y salvajes. En especial, la raza de los elefantes era muy numerosa en ella. También tenía comida el resto de los animales que se alimenta en los pantanos, lagunas y ríos y los que pacen en las montañas y en las llanuras, para todos había en abundancia y así también para este animal que es por naturaleza el mayor y el que más come. Además, producía y criaba bien todo lo fragante que hoy da la tierra en cualquier lugar, raíces, follaje, madera, y jugos, destilados, sea de flores o frutos. Pero también el fruto cultivado, el seco, que utilizamos para alimentarnos y cuanto usamos para comida -denominamos legumbres a todas sus clases- y todo lo que es de árboles y nos da bebidas, comidas y aceites, y el que usamos por solaz y placer y llega a ser difícil de almacenar, el fruto de los árboles frutales, y cuantos presentamos como postres agradables al enfermo para estímulo de su apetito, la isla divina que estaba entonces bajo el sol, producía todas estas cosas bellas y admirables y en una cantidad ilimitada. Como recibían todas estas cosas de la tierra, construyeron los templos, los palacios reales, los puertos, los astilleros, y todo el resto de la región, disponiéndolo de la manera siguiente.

En primer lugar, levantaron puentes en los anillos de mar que rodeaban la antigua metrópoli para abrir una vía hacia el exterior y hacia el palacio real. Instalaron directamente desde el principio el palacio real en el edificio del Dios y de sus progenitores y, como cada uno, al recibirlo del otro, mejoraba lo que ya estaba bien, superaba en lo posible a lo anterior, hasta que lo hicieron asombroso por la grandeza y belleza de las obras. A partir del mar, cavaron un canal de trescientos pies de ancho, cien de profundidad y una extensión de cincuenta estadios hasta el anillo exterior y allí hicieron el acceso del mar al canal como a un puerto, abriendo una desembocadura como para que pudieran entrar las naves más grandes. También abrieron, siguiendo la dirección de los puentes, los círculos de tierra que separaba los de mar, lo necesario para que los atravesara un trirremes, y cubrieron la parte superior de modo que el pasaje estuviera debajo, pues los bordes de los anillos de tierra tenían una altura que superaba suficientemente al mar. El anillo mayor, en el que habían vertido el mar por medio de un canal, tenía tres estadios de ancho. El siguiente de tierra era igual a aquel. De los segundos, el líquido tenía un ancho de dos estadios y el seco era, otra vez, igual al líquido anterior. De un estadio era el que corría alrededor de la isla que se encontraba en el centro. La isla, en la que estaba el palacio real, tenía un diámetro de cinco estadios. Rodearon ésta, las zonas circulares y el puente, que tenía una anchura de cien pies, con una muralla de piedras y colocaron sobre los puentes, en los pasajes del mar, torres y puertas a cada lado. Extrajeron la piedra de debajo de la isla central y de debajo de cada una de las zonas circulares exteriores e interiores; las piedras eran de color blanco, negro y rojo. Cuando los extranjeros, construyeron dársenas huecas dobles en el interior, techadas con la misma piedra. Unas casas eran simples, otras mezclaban las piedras y las combinaban de manera variada para su solaz, haciéndolas naturalmente placenteras. Recubrieron de hierra, al que usaban como si fuera pintura, todo el recorrido de la muralla que circundaba el anillo exterior fundieron casiterita sobre la muralla de la zona interior, y oricalco, que poseía unos resplandores de fuego, sobre la que se encontraba alrededor de la Acrópolis El palacio dentro de la Acrópolis estaba dispuesto de la siguiente manera. En el centro, habían consagrado un templo inaccesible a Clito y Posidón, rodeado de una valla de oro: ese era el lugar en el que al principio concibieron y engendraron la estirpe de las diez familias reales. De las diez regiones enviaban cada año hacia allí frutos de la estación como ofrendas para cada uno de ellos. Había un templo de Posidón de un estadio de longitud y trescientos pies de ancho. Su altura parecía proporcional a estas medidas, puesto que tenía una forma algo bárbara. Recubrieron todo el exterior del templo de plata, excepto las cúpulas, que revistieron de oro.

En el interior, el techo de marfil, entremezclado con oro, plata y oricalco, tenía una apariencia multicolor. Revistieron las paredes, columnas y pavimento de oricalco. Dentro del templo colocaron imágenes de oro: El dios de pie sobre un carro llevaba las riendas de seis caballos alados y tocaba, a causa de su altura, el techo con la cabeza; lo rodeaban cien nereidas sobre delfines -pues los de aquel entonces creían que eran tantas. En el interior había muchas otras estatuas que eran exvotos de particulares. Afuera, alrededor del templo, había estatuas de oro de todos, de las mujeres y de los hombres que habían pertenecido a la familia de los diez reyes, así como muchos otros exvotos grandes de los reyes y de particulares de la ciudad y de todas las regiones exteriores que dominaron. Había un altar que concordaba en su grandeza y su manufactura con esta construcción. El palacio, igualmente, se adecuaba a la grandeza del Imperio, así como al orden alrededor del templo. Para utilizar las fuentes de agua fría y caliente que por naturaleza tenían una abundante cantidad de agua en sabor y calidad excelente para el uso, construyeron alrededor edificios, hicieron plantaciones de árboles adecuadas a las aguas, levantaron cisternas al aire libre e invernales cubiertas para los baños calientes -aparte las reales, las públicas y las privadas, además de otras para mujeres y otras para caballos y el resto de los animales de tiro- y ordenaron convenientemente cada una de ellas. Dirigieron la corriente de agua hacia el bosque sagrado de Posidón -múltiples y variados árboles de belleza y altura sobrenatural por la calidad de la tierra- y hacia los círculos exteriores por medio de canales que seguían la dirección de los puentes. Habían construido en aquel lugar muchos templos para muchos dioses, muchos jardines y muchos gimnasios, unos de hombres, otros, separados, de caballos, en las dos islas de los anillos. Además, en el centro de la isla mayor había un hipódromo de un estadio de ancho colocado aparte, cuya extensión permitía que los caballos compitiesen libremente todo el perímetro. Alrededor de este había, aquí y allí, casas de guardia para la mayoría de guardianes. La guardia de los más fieles estaba dispuesta en el anillo más pequeño y más cercano a la acrópolis y a los que más se distinguían en su fidelidad les habían dado casas dentro de la acrópolis en torno a los reyes. Los astilleros estaban llenos de trirremes y de todos los artefactos correspondientes, todo adecuadamente preparado. Los alrededores de la casa de los reyes estaban arreglados de la siguiente manera: cuando se atravesaban los puertos desde afuera -que eran tres- una muralla se extendía en círculo, a partir del mar -a cincuenta estadios por todas partes el anillo mayor y de su puerto- y se cerraba en la desembocadura del canal en el mar. Muchas casas poblaban densamente toda esta zona; la entrada del mar y el puerto mayor estaban llenos de barcos y comerciantes llegados de todas partes que, por su multitud, ocasionaban vocerío, ruido y bullicio variado de día y de noche.

Ahora ya tenemos recordados la ciudad y los alrededores de la antigua edificación, tal y como se describieron entonces. Debemos intentar recordar el resto de la región, como era su naturaleza y su forma en que estaba ordenado. En primer lugar, se decía que todo el lugar era muy alto y escarpado desde el mar, pero que los alrededores de la ciudad eran llanos, suaves y planos, circundados a su vez de montañas que llegaban hasta el mar. Esta llanura era de forma oblonga y tenía por un lado tres mil estadios y dos mil en el centro desde el mar hacía arriba. Esta zona de la isla estaba de cara al viento sur, de espaldas a la constelación de la Osa y protegida por el viento del norte. Entonces se loaba que las montañas que la rodeaban superaban por su número, grandeza y belleza a todas las que hay ahora y que tenían en ellas muchas ricas aldeas de vecinos, ríos, lagos y prados que daban alimento suficiente a todos los animales, domésticos y salvajes, bosques variados en cantidad y especie que proveían abundantemente para todas y cada una de las obras. La naturaleza y muchos reyes, con su largo esfuerzo, habían conformado la llanura de la siguiente manera. En su mayor parte era un cuadrilátero rectangular, y lo que faltaba para formarlo lo había corregido por medio de una fosa cavada a su alrededor. Aunque la profundidad, ancho y longitud que les atribuyeron eran tan grandes, sin contar con las otras obras, que resultaba increíble para algo hecho por las manos del hombre, debemos decir los que escuchamos. Habían cavado una profundidad de cien pies; el ancho era en todos lados de un estadio y, como había sido cavada alrededor de toda la llanura, llegaba a la ciudad por ambos lados y allí dejaba fluir el agua al mar. Desde su parte superior habían abierto canales rectos de cien pies de ancho que corrían a lo ancho de la llanura hasta desembocar nuevamente en la fosa que daba al mar y distaban entre sí cien estadios de distancia uno de otro. Así bajaban a la ciudad la madera de las montañas y proveían con barcos el resto de los productos estacionales, ya que habían abierto comunicaciones transversales de unos canales a otros y hacia la ciudad. Cosechaban la tierra dos veces por año, en invierno con las aguas provenientes de Zeus, y en verano conducían desde los canales las corrientes que produce la tierra.

En cuanto número, estaba dispuesto que cada distrito de la llanura con hombres útiles para la guerra proveyera un jefe. La extensión del distrito era de diez veces diez estadios y los distritos era sesenta mil. Se decía que la cantidad de hombres de la montaña y del resto de la región era innumerable; todos estaban distribuidos en estos distritos y asignados a jefes según las zonas y las aldeas. Estaba reglamentado que cada jefe proveyera en caso de guerra la sexta parte de un carro de guerra hasta diez mil carros, dos caballos y jinetes, además de un par de caballos sin carro, un infante con escudo pequeño y el guerrero que lucha sobre el carro y conduce los dos caballos, dos hoplitas, arqueros y honderos, también dos cada uno, lanzadores de piedras y lanceros con armamento ligero, tres cada uno, y cuatro marineros para cubrir la tripulación de mil doscientas naves. Así estaba dispuesto lo concerniente a la guerra en la ciudad real, lo de las nueve restantes lo estaba de otra manera que llevaría mucho tiempo relatar.

Lo relativo a los puestos de gobierno y los honores estuvo ordenado desde el principio de la siguiente manera. Cada uno de los diez reyes imperaba sobre los hombres y sobre la mayoría de las leyes en su parte y en su ciudad, y castigaba y mataba a quien quería. El gobierno y la comunidad de los reyes se regían por las disposiciones de Posidón tal como se las transmitía la constitución y las leyes escritas por los primeros reyes en una columna de oricalco que se encontraba en el centro de la isla en el templo de Posidón, dónde se reunían, bien cada lustro, bien, de manera alternativa, cada seis años, ara honrar igualmente lo par y lo impar. En las reuniones, deliberaban sobre los asuntos comunes e investigaban si alguno había infringido algo y lo sometían a juicio. Cuando iban a dar veredicto se daban primero las siguientes garantías unos a otros. Rogaban a Posidón que tomara la ofrenda sacrificial que le agradara de entre los toros sueltos en su templo y ellos, que eran sólo diez lo cazaban sin hierro, con maderas y redes. Al que atrapaban lo conducían hacia la columna y lo degollaban encima de ella haciendo votos por las leyes escritas. En la columna, junto a las leyes, había un juramento que proclamaba grandes maldiciones para os que las desobedecieran. Tras hacer el sacrificio según sus leyes y ofrecer todos los miembros del toro, llenaban una cratera y vertían en ella un coagulo de sangre por cada uno. El resto lo arrojaban al fuego una vez que habían limpiado la columna. Luego, mientras extraían sangre de la cratera con fuentes doradas y hacían una libación sobre el fuego, juraban juzgar según las leyes de la columna y castigar si alguien hubiera infringido algo antes, y, además, no infringir intencionalmente en el futuro ninguna de las leyes escritas, ni gobernar ni obedecer a ningún gobernante, excepto aquel que ordenara según las leyes del padre. Una vez que cada uno de ellos hubo prometido esto de sí y de su estirpe, bebido y dedicado la fuente como exvoto en el templo del dios y se hubo ocupado de la comida y de las otras necesidades, cuando llegaba la oscuridad y se había enfriado el fuego sacrificial se vestían con un bellísimo vestido púrpura y se sentaban en el suelo junto a las ascuas del juramento sacrificial. Durante la noche, tras apagar el fuego que se encontraba alrededor del templo, eran juzgados y juzgaban si alguien acusaba a alguno de ellos de haber infringido alguna ley. Cuando terminaban de juzgar, ala hacerse de día, escribían los juicios en una tablilla de oro y la ofrendaban como recuerdo junto con las vestimentas. Había muchas otras leyes especiales acerca de los honores de cada uno de los reyes; lo más importante: no atacarse nunca unos a otros y ayudarse todos en caso de que alguien intentara destruir la estirpe real en alguna de sus ciudades, y tomar en común, como antes, las determinaciones concernientes a la guerra y a otras actividades, bajo la conducción de la estirpe de Atlante. Ningún rey podía matar a ninguno de su parientes, si no contaba con la aprobación de más de la mitad de los diez.
Según el relato, tan gran potencia y de tales características existentes entonces en aquellas zonas ordenó y envió el Dios contra nuestras tierras por la siguiente razón. Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del Dios era suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestas hacia lo divino emparentado con ellos. Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que siempre ocurren y unos a otros, por lo que excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban con facilidad, como una molestia, el peso del oro y de las otras posiciones. No se equivocaban, embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes exteriores, estos decaen y se destruye la virtud con ellos. Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes, que describimos antes. Más cuando se agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron, y al que los podía observar les parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo más valioso, y los que no pudieron observare la vida verdadera respecto de la felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder. El Dios de Dioses Zeus, que reina por medio de leyes puesto que puede ver tales cosas, se dio cuenta de que una estirpe buena estaba dispuesta de manera indigna y decidió aplicarles un castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reunió a todos los dioses en su mansión más importante, la que, instalada en el centro del universo, tiene vista a todo lo que participa de la generación y, tras reunirlos, dijo...


Y aquí se acaba el Critias.