Un blog sobre la New Age (Nueva Era) y los esoterismos varios que hoy, como una epidemia que afecta al raciocinio y a la lógica, se expanden... Bienvenidos sean usted y Guillermo de Occam.

martes, 25 de marzo de 2008

Estrellados





La medición que hacemos del tiempo y del espacio es fruto de conceptos absolutamente convencionales y abstractos, aunque son útiles y eficaces para su medición y administración. El tiempo no consta de horas, días o meses del mismo modo que el espacio no consta de metros, pies o yardas. De este modo, cualquier calendario es fruto de una decisión, personal o colectiva, que nada tiene que ver con lo que es en realidad el tiempo. La prueba de que son convencionales es que pueden usarse distintas formas de medirlo.

El ser humano ha tratado de elaborar sus calendarios y fechas atendiendo a la perspectiva que desde nuestro planeta nos ofrecen el Sol y la Luna, así como las estaciones. Si viviéramos en Marte seguramente hubiéramos organizado nuestras fechas de modo muy distinto.

¿Qué quiere decir esto? Que si se establece, como se hace en algunos calendarios, que hay un día del dragón y un día del viento, de la serpiente o del mono, esto no es más que una decisión arbitraria y voluntaria que alguien toma (a veces una cultura entera) y que no posee más relevancia que el significado que se le quiera dar, pero que por sí no posee eficacia alguna, ni en relación con los astros o con el devenir de la historia.

Igual ocurre con las constelaciones que, en realidad, no existen más que para aquellos que han organizado las estrellas según les ha parecido que se dan en un plano; unos para orientarse en las noches, otros para tratar de clasificar los tiempos. Pero no existen más que en nuestras convenciones y, de hecho, podríamos haber agrupado las estrellas de cualquier otro modo igualmente válido. Tampoco son eficaces más que para trazar un mapa convencional del cielo que se ve desde la perspectiva de nuestra ubicación en el planeta.

De este modo, establecer, como se hace en la astrología y en la New Age, que un día posee energía masculina y otro energía femenina, es algo absolutamente arbitrario sin más fundamento que el de la voluntad que así decide dividir los días. Igual ocurre con atribuir al Sol carácter masculino y a la Luna carácter femenino, como si realmente los astros tuvieran carácter sexual alguno.

¿Para qué sirve lo que se ha avanzado en Astronomía? Pues según se ve en éstos, para nada.

Muchos newageros sostienen que cada día tiene un “sello”, y que éste es común para todo el sistema solar. Pero resulta que un día en la Tierra (lo que la Tierra tarda en girar sobre su eje) no es un día en Marte (lo que Marte tarda en girar sobre su eje), pues su rotación dura en torno a 37 minutos más que la de la Tierra. Así, acumulando un retraso de más de media hora diaria, partiendo desde hoy, al cabo de unos 11 días Marte tendría ya un retraso de más de 24 horas respecto de la Tierra, por lo que aquí podría ser el día del ornitorrinco rumboso y en Marte… ¿cuál sería?

Igual ocurre con los años (del dragón, del cerdo, de la energía positiva o del elfo cantarín). Un año en la Tierra (lo que la Tierra tarda en completar su órbita alrededor del Sol) es distinto a un año en Marte (687 días). No digamos un año de Júpiter (más de 11 años terrestres).

La influencia de los astros, algo que ya es posible cuantificar gracias a la astrofísica, se covierte en fuente de delirios a cuál más extraordinario.

Respecto de los astros sabemos un poco (el universo es muy grande) pero lo que sabemos lo conocemos bien. Y sabemos (no creemos) que los antiguos se equivocaron en su concepción de lo celeste, lo que debería llevarnos a cuestionar las conclusiones astrológicas que elaboraron desde su astronomía. Sabemos (no creemos) que las constelaciones son fruto de este tipo de cosmologías antiguas equivocadas y que entre las estrellas que nosotros hemos unido convencionalmente no se da la relación que estas cosmologías establecían, lo que debería llevarnos a cuestionar muy críticamente a aquellos que sostienen que estas relaciones sí se dan y que, además, influyen de forma determinante en el curso de los acontecimientos.

Así, si a un newagero de la por decir que el hecho de que un día sea mono o serpiente, o viento, etc, y que es referente a algo que esta pasando en el sol en ese momento, se puede decir sin temor a equivocarnos que está diciendo una chorrada.

Lo bueno (o lo malo) del Sol es que no tiene días o noches, aunque la rotación en su ecuador es de más de 27 días. Nuestros días y noches sí lo son en referencia al Sol. Y establecer con un calendario convencional qué ha de pasar en el Sol para que aquí se cumpla como Argüelles haya decidido que sea según los sellos del mono o de la serpiente (el Sol no tiene ni idea de qué cosa son los monos o las serpientes), pues no es verosímil.

A la Luna le trae sin cuidado el periodo menstrual femenino, como no tiene ni idea de qué son las mareas. No es, de hecho, masculina o femenina. ¿Quién ha decidido eso? La Luna y el Sol existían antes que lo masculino y lo femenino (la división sexual es de aparición muy posterior a la del sistema solar). Decidir que a uno le corresponde un sexo u otro es algo que, además de absurdo, es absolutamente arbitrario y me atrevería a decir que machista.

Lo bueno del conocimiento antiguo, histórica y antropológicamente interesantísimo, es que sirvió para que pudieran establecerse pautas e hipótesis, podríamos decir, primigenias o embrionarias sobre las que luego se ha ido construyendo el conocimiento posterior, desechando aquello que se mostró falso o inoperante. Algo no es verdadero simplemente por ser antiguo y el saber no sólo procede acumulativamente, va dejando en el camino lo que se demuestra falso.

Respecto de las constelaciones, imaginen un saco de canicas de distintos tamaños y que las esparcimos por un salón. Piensen que nos subimos a una escalera y que decidimos unir con una línea imaginaria algunas canicas grandes hasta formar un dibujo. ¿Diría usted que las canicas forman realmente ese dibujo o pensaría que tal forma ha sido decidida arbitrariamente? Pues así ocurre con las constelaciones, que se unen con líneas imaginarias estrellas que, en muchos casos, están más lejos entre sí que de otras no incluidas en su constelación. Pueblos distintos, además, han dado lugar a constelaciones diferentes; prueba más que suficiente de su origen convencional.

De esta forma, las constelaciones eran útiles para situarnos respecto de nuestro cielo como si fuera plano (no lo es) y para viajar de noche; especialmente útiles en el mar. De hecho, los antiguos griegos pensaban que las estrellas eran astros que formaban parte de la esfera de los astros fijos, una especie de bóveda en la que estaban insertadas las estrellas; consideraban que las estrellas eran equidistantes respecto de la Tierra. Que lo dijeran los antiguos no implica que sea verdad. ¿O sí?

Hay incluso constelaciones desaparecidas, no porque las estrellas que las componían hayan desaparecido, sino porque no han seguido siendo utilizadas. Busquen información acerca de la constelación de Antínoo. Muy revelador.

No sé si conocen ustedes el Almagesto de Ptolomeo. Esta obra fue el fundamento de la cosmología hasta que a un tal Galileo Galilei le dio por decir que el Sol no giraba alrededor de la Tierra. En el Almagesto se recogen (tomando las referencias de Arato de Soloi y Erátóstenes) la mayoría de las constelaciones visibles desde el hemisferio Norte (las visibles desde el hemisferio Sur tienen un origen mucho más tardío; posiblemente en el s. XVIII d.C. de la mano de Nicolas Lacaille). Y si bien las primeras tienen su origen en Egipto, Mesopotamia y Grecia (sobre todo Grecia), el esquema con el que se trabajaba era igualmente geocéntrico. Estas tres civilizaciones, además, tenían sistemas de constelaciones que no eran coincidentes (Osiris fue Orión completo algunas veces, el Cinturón de Orión otras). Ya me dirán ustedes si podemos decir con verdad que los antiguos acertaban en su conocimiento de los cielos.

Las constelaciones tenían varias funciones: servir de mapa celeste en los viajes, tratar de conocer los cielos, para el culto a los dioses y la elaboración de oráculos. Nada de abrir las mentes o conocerse uno mismo, como afirman los newageros, que cada vez que hablan de civilizaciones antiguas han de hacerlas hipermegachulis y superavanzadas, aunque esto implique mentir sobre lo que en realidad eran. Como no se maravillan con lo que hubo, las cosas de la ignorancia, han de fabular memeces para parecer maravillosos.