Un blog sobre la New Age (Nueva Era) y los esoterismos varios que hoy, como una epidemia que afecta al raciocinio y a la lógica, se expanden... Bienvenidos sean usted y Guillermo de Occam.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Reinventando el cristianismo.







Una de las costumbres más molestas de los newageros es la impúdica manipulación de los hechos en la Historia. Aprovechando que no todo el mundo es conocedor del pasado (va en ello el demérito de las instituciones educativas), muchos de sus gurús no dudan en contar historietas a la carta sobre el tema que le interese.

Una de las afirmaciones que a fuerza de ser repetida se está imponiendo como verdad es que la creencia del Cristianismo en la resurrección fue un invento de Justiniano (en la imagen), o de Constantino, porque el cristianismo “auténtico” creía en la reencarnación…

La historia-ficción podría ser interesante si no fuera porque la fuerza de los hechos suele arrasar las mentiras con demoledora rotundidad. Podemos inventarnos la Historia y pensar que nuestras ilusiones nos dan la razón creando según antojo hechos que jamás sucedieron. La cosa es que, desde el principio, nunca el cristianismo aceptó, creyó ni consideró la reencarnación como parte de su credo. Cierto es que señalar al cristianismo "originario" como partidario de esta doctrina quizás dote a la New Age de la etiqueta de denominación de origen calificada, pero no es así. Los cristianos nunca han sostenido ni creído en la reencarnación y, de creerlo, podrán ser estupendas personas, pero no cristianos.

¿Puede creerse legítimamente en la reencarnación? Cada cual puede creer lo que quiera, es su derecho. Pero lo que no puede hacerse es mentir diciendo que el cristianismo fue en origen reencarnacionista, tal y como el colectivo newagero no tienen inconveniente en creer.

El II Concilio de Constantinopla, s. VI, el de Justiniano, tuvo como tema central la condena del monofisismo (Jesús no era hombre y Dios, sino una sola cosa), ratificando lo que ya se había dicho en concilios anteriores. ¿He dicho en concilios anteriores? Hum... ¿Pero es que hubo concilios antes del s. VI? Los hubo. ¿Y eran reencarnacionistas? No. Muy al contrario. ¿Supuso entonces lo dicho en el II Concilio de Constantinopla una novedad que rompiera lo dicho anteriormente? No. Veámoslo en documentos:

Concilio I de Constantinopla, año 385: Esperamos la resurrección de la carne y la vida del siglo futuro. Amén. Hum... ¿Siglo IV? ¿Es el s. IV anterior al s. VI? Al menos 200 años. ¿Fue entonces la resurrección un invento de Justiniano en el s. VI?

Sigamos viendo textos.

Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

Estos textos son del s. I. ¿Será o no será el s. I anterior al s. VI?

Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11, 25). Esto es, o se cree en la resurrección o no se cree a Jesucristo. Puede uno creer en la reencarnación, está en su derecho, pero no se puede decir con verdad que Jesucristo enseñara tal cosa o que los cristianos lo creyeran hasta que Justiniano decidió que no.

Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?... No os pertenecéis... Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1Co 6, 13-15. 19-20).

De nuevo, del s. I.

La Didajé, o el escrito conocido como Enseñanzas de los Doce Apóstoles, fue escrito entre el 65 y 80 d.C. y fue altamente valorado por los primeros cristianos, aunque nunca fue considerado como inspirado. Se percibe en su contenido la vida de la primitiva cristiandad. A través de formulaciones claras, asequibles tanto a mentes cultas como a inteligencias menos ilustradas, se enumeran normas morales, litúrgicas y disciplinares que han de guiar la conducta, la oración, la vida de los cristianos. Se trata de un documento catequético breve, destinado probablemente a dar la primera instrucción a los neófitos o a los catecúmenos. En uno de sus párrafos, dice así:

Primeramente será desplegada la señal en el cielo, después la de la trompeta, y en tercer lugar la resurrección de los muertos, según se ha dicho: «El Señor vendrá con todos sus santos» (Didajé, XVI).

¿Siglo I? Sí.

Un texto extrabíblico, una carta de la comunidad de Roma a la de Corinto, dice lo siguiente a finales del s. I:

Entendamos, pues, amados, en qué forma el Señor nos muestra continuamente la resurrección que vendrá después; de la cual hizo al Señor Jesucristo las primicias, cuando le levantó de los muertos. Consideremos, amados, la resurrección que tendrá lugar a su debido tiempo (Carta de Clemente a los Corintios, XXIV. Año 95 D.C.)

Hasta donde yo sé, el s. I es anterior al IV y al VI.

Clemente de Alejandría dio el nombre de Epístola de Bernabé a un breve escrito en lengua griega, aunque se piensa que su autor no era de origen griego. Los estudios modernos han dejado claro que este escrito no fue compuesto por el apóstol Bernabé, compañero de Pablo en sus viajes apostólicos, sino que es obra de un autor desconocido, que, a su vez, se valió probablemente de documentos preexistentes de diversas épocas. Su composición se sitúa entre la primera y la segunda destrucción del Templo de Jerusalén (por tanto, entre los años 70 y 130 d.C.). Dice:

Ahora bien, Él, para destruir la muerte y mostrar la resurrección, toda vez que tenía que manifestarse en carne, sufrió primero para cumplir la promesa a los padres, y luego, a par que se preparaba Él mismo para si un pueblo nuevo, para demostrar, estando sobre la tierra, que después de hacer Él mismo la resurrección, juzgará. (Ep. Bernabé, V, 6b-7)


Estos escritos, aunque ajenos al canon bíblico, eran plenamente aceptados por las comunidades cristianas y, como se ve, no son reencarnacionistas.

El Concilio de Toledo, celebrado en el año 400 (siglo y medio antes de Justiniano), ratifica los símbolos anteriores diciendo: Creemos la resurrección de la carne (Denzinger, 21).

La pregunta que viene al pelo ahora es: ¿qué pretenden los que hacen historia-ficción inventándose hechos para auto-avalarse? Auto-legitimarse.


Bibliografía:

Küng, H. El Cristianismo. Madrid, 1997.
Schatz, K. Los concilios ecuménicos. Madrid, 1999.
VV.AA. Historia del cristianismo. Vol. I, El mundo antiguo. Granada, 2003.
Denzinger-Hünemann, Enchiridion Symbolorum. Barcelona, 2000.